carne tejida al sol

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I

 

Esparcido en la vereda

dormía un hombre

que no esperaba nada.

 

Solo superficie,

su carne era lana.

Formaba una sola pieza con el suelo.

Su cuerpo trapero

había transformado el mapa de la ciudad

en un solo rincón.

 

Su cuerpo volvía a la tierra.

 

Así como llueve y es imposible

quedarnos quietos,

así nos pertenecíamos

en una mancha.

 

Tengo un recuerdo de ese hombre.

La memoria es todo lo que me queda de él.

 

Era una figura de lana

y tierra.

 

De lana y tierra.

 


II

 

Dejar atrás todo,

incluso los días en los que fui

un perro amado

al borde de la cama.

Así es como emigro de la niñez.

 

Una costra avanza por mi espalda,

crece con la velocidad de la hiedra

hasta coagular en el fin del tejido.

 

Me hubiera gustado que te dieras cuenta

de algo: llevo un árbol con uñas rojas por dentro.

La historia se transmite con piel,

y sangre.

 

Guardo cada una de tus palabras

porque en ellas

vuelvo al placer de lo breve.

 

Yo hablo con Anahí:

- Niña perro, tenemos que encontrar la manera

de convivir sin vernos.

- Ahora somos una sola mujer

repartida en la calle.

 

Cada verano

las tardes de tierra mojada

harán el resto.

 


III

 

Parecía no saber:

el eco de olores pasados

vuelve como un animal entrenado.

 

“No duermas por la noches,

la luna sobre el mar te protege”

 

Y así volvíamos a todas las canciones

de cuna mientras nadie nos veía.

 

Ya no recuerdo cómo llegó.

Esos ojos de perro aguayo,

apagados por la violencia del sol

trajeron un nuevo lenguaje al poema

donde  guardaba

un instante de oscuridad.