ojos de frontera

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I

 

Todo parte de la misma sombra.

La calle,

el cordón despintado,

el andamio rojo,

el ruido de los zapatos

en las baldosas asesinas.

Él está ahí

sentado junto a la ventana.

 

Todo como una golondrina

entre las mesas

se recorta del tumulto

con sus ojos de frontera.

 

Desde afuera una vieja con un gato en la cartera

te mira

con su vestido de pájaros.

Sentís el peso del tiempo en su cuerpo

perdido en la tela.

Con esa dificultad de los años

tan compleja.

 

Le devolvés la mirada

pero ella es la roca de Ovidio.

Entonces te das cuenta: 

existe un lugar submarino

donde no hay sol

ni noche.

Ni muerte.

 

El dolor

también se mide con la lluvia

y el aire.

 

¿De dónde viene el frío?

 

El nene de la balsa con ojos de frontera

sigue ahí con su clara forma de volar.

Te pregunta  lo mismo que quisieras saber vos.

 

En ese silencio compartido entendés:

es posible que tres árboles crezcan juntos

en un mismo tronco.



II

 

La repetición de la despedida

nos hace sentir en casa,

a nosotros,

que nacimos sin saber caminar.

 

Con un puñado de tierra en la mano

y un vasito de agua

jugamos

a que viajamos.

Puede ser Uruguay

O Córdoba.

Lo importante es llegar

a donde están los pájaros

que no vuelven

para llegar al trópico

como decía Gauguin en mi sueño.

 

Eso me contabas la otra noche

mientras me hacías upa

y jugábamos,

obcecados con el encantamiento

de lo duradero,

a ser los mejores alumnos

de mamá:

 

“Los hijos te marcan la edad,

Chichi”

 

La extraño.

 

Tan chiquita.

No, no tanto.

 

“¿Y el pentimento?”

 

A veces nos acordamos de palabras que nunca entendimos

y queremos quedarnos así

para siempre

guardados.

 

Ojalá pudiéramos quedarnos quietos

para volver con la forma de un esqueje.

No es costumbre

pero podemos burlarnos

cada tanto del hábito.



III


Sobre una línea de colores breves

las cosas permanecen como las dejé.

 

Un nido de lana extendido sobre la mesa

esconde un playmóvil con trajecito azul:

el muñequito de la disputa entre mi hermana y yo.

 

Todos los inviernos lo enterrábamos

dejando huellas en la helada.

Entre las ramas de gomeros y sauces,

un rastrillo cada una,

avanzábamos por el jardín.

Caminábamos en silencio,

como se acompaña a los muertos

a la tumba.

Matar al hombrecito era un ritual

que nos hacía ser muñequitas.

Queríamos ser muñequitas protagonistas

del jardín.

  

Ya no existe ese hueco

para el hombrecito de traje azul.

Es una mañana real y la figura del playmóvil se deshace

en la mugre.

 

Tantos años cuidando a ese hombrecito.

Ahora su torso no es más azul

¿Será porque la cronología de los cuerpos anula el tiempo 

de los que respiran?

 

En esta mañana real

el mismo jardín me delata.

 

Debajo de mis pies

una línea de gotas y rocas

divide la tierra nueva,

las flores aisladas modifican su comportamiento.

Entregan al sol lo único que tienen:

una forma  y un color.

 

En un día como este puedo mirar  con liviandad

lo impostergable

a la luz de la ventana.

Desde el contorno 

hasta su núcleo

los cuerpos varían,

indefectiblemente.

 

El sonido de las piedras bajo el agua

trae su secreto contra mí;

ese sonido que pule

y desgasta

por lo bajo

cuando nadie interrumpe.

 

 

(El vidrio  contiene el movimiento)

 

 

Se despidieron sin decir nada.

No importó.

Apenas floté con un resto de distancia.

 

 

(A veces las palabras son hechos  irreversibles)

 


Puede que otra mañana

pero no esta

vuelva a escuchar la corriente

bajo mis pies.